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miércoles, 29 de enero de 2014

ENTR # 28 UNA LECCIÓN SOBRE LAS CONSECUENCIAS DEL SUICIDIO- León Tolstoi -(1828 – 1910)

–“Yo sé, Alex Mikailovitch Melvinski, que, desde tu infancia, te compadeciste de mí y mucho te impresionaba la desventura de mi vida. Sé que me amabas, y agradezco, padrecito, el afecto demostrado a mi humilde persona. Agradecida por sentir en mí tu simpatía. Un día, después de mi travesía para la vida del Espíritu, prometí a mí misma relatarte la causa de mi expiación en la Tierra, si Dios me lo permitía. Hoy llegó la ocasión esperada hace tantos años.



Sepa usted, Alex Melvinski que las expiaciones vividas por nosotros en el
Mundo terrenal tienen siempre como causa nuestro mal proceder en un pasado vivido por nosotros mismos en otras épocas existenciales. Nada sucede en rebeldía de la ley de Dios. Nosotros, almas y hombres, somos individualidades inmortales, con la particularidad de que vivimos varias fases de la vida corporal, revivimos en el estado espiritual y volvemos a ocupar otros cuerpos terrenales, en nuevas vidas, recomenzadas con nuevo nacimiento, como hombres.

Antes de yo ser la personalidad Carla Alexeievna, viví con otra  personalidad y otro nombre y amé a mi querido Ruperto, que también vivía con otra forma física, otra personalidad, usando otro nombre. Eso es la reencarnación, que los Espíritus del Señor explican a los hombres en la actualidad.
Éramos esposos y nos amábamos tiernamente. Pero, nuestra felicidad tuvo una pequeña duración. Mi querido Ygor Fiedorovitch, como él se llamaba entonces, murió en una guerra, en el tiempo de Pedro, el Grande, 5 Pedro I, el Grande, Zar de Rusia, de 1682 a 1725. Dotado de una voluntad de hierro y de una energía incomparable, supo beneficiar y engrandecer la Patria. Fue el mayor gobernante de Rusia en todos los tiempos.
 Desesperada, desilusionada, sin poder ni siquiera llorar sobre la tumba de mi bien amado, arruinada, enferma, perdí la fe en Dios y en mí misma y, un día, me dejé precipitar desde el tercer piso, donde residía, y donde la desgracia penetró con la desaparición de mi Ygor, cayendo sobre las piedras del patio. Mi cuerpo, maltratado por la caída, fracturado, contundido, dislocado, sucumbió tres días después, víctima de mí misma, Haciéndome sufrir intensamente, pues yo no pude, no quise vivir sin mi Ygor. Pero el suicidio es un crimen grave, que pesa mucho en la balanza de la ley Divina. Muy pronto comprendí que yo poseía un alma, que sobrevivía a la destrucción del cuerpo.
Separada de aquel cuerpo, me sentía viva, pero sufriendo las mismas angustias de la pérdida de mi Ygor, sin poder verlo, sin obtener noticias de él, alejada de todos los que me amaban y a los cuales ofendí con el suicidio, y, ¡cruel realidad!, sufriendo también las dolorosas consecuencias del suicidio del cuerpo en mi estructura espiritual. Sentí huesos fracturados, a pesar de estar desligada del cuerpo, imposible de recuperarse. Me sentía invalida, deformada, fea, más adolorida y desesperada que nunca. No me podía apartar de la escena de mi caída del tercer piso. La veía y la
Sufría al mismo tiempo, llena de pavor y sensaciones reales, como si cada momento yo me lanzase otra vez, para sufrir lo mismo, eternamente. Así me demoré por mucho tiempo, no sé por cuanto tiempo, perdida en las tinieblas de aquella angustia indescriptible, presa de una pesadilla incomprensible, que me subyugaba la voluntad.
Pero, un día, adormecí pesadamente, creo que durante mucho tiempo, y, después, al despertar, comprendí lo que había pasado. Yo había matado en mí, sólo el cuerpo carnal, pero el alma, construida de esencias inmortales, había sobrevivido a mi desesperación y allí estaba, viva y racional, arrepentida, sufridora, avergonzada de su crimen delante de Dios y de sí misma. Tuve fuerzas para orar y oré, pidiendo perdón a Dios, deshecha en lágrimas.
Entonces, llegaron con la finalidad de socorrerme amigos y asistentes. Eran
Espíritus, como yo, pero felices porque traían tranquila la conciencia y  vinieron para ayudarme. No los reconocí porque mal los distinguía en la fuerte penumbra del aura que me circundaba. Yo era un alma rebelde, que no poseía sensibilidad para ver y comprender a los ángeles de Dios.
Ellos me informaron que yo había cometido un delito gravísimo y que un siglo sería poco para que pudiera repararlo, rehabilitándome ante la Ley Suprema. Me enseñaron ciertos detalles de esa Ley, muy importante, y necesaria para todos nosotros, dándome la confianza de que yo podía recuperarme a la sombra de Jesucristo. Me fue presentado un amplio panorama de modos de vivir para Dios y el prójimo. Lo examiné detenidamente y reflexioné sobre él, después de lo que me dijeron:
 –“Escoge por ti misma lo que deberás hacer para desagravar la conciencia y rehabilitarte del suicidio. Lo que escojas será tomado en consideración y se realizará.
Pero, medita con madurez sobre todo lo que te conviene, porque, una vez escogido, el camino a seguir será irrevocable. Escogiéndolo, estarás labrando tu propia sentencia.
Si tuviste fuerzas para infringir la Ley de Dios, también las conseguirás para rehabilitarte del oprobio de haber infringido ésta. Pero, debes saber que las realizaciones a efectuarse para ese inapelable servicio serán probadas sobre la Tierra, viviendo tú en un nuevo cuerpo humano, como suelen ser los cuerpos materiales terrestres”.


Medité profundamente sobre esas advertencias. Después de algún tiempo de profundas y penosas meditaciones, llegué a la conclusión de que me competía lo siguiente:
Yo había infringido gravemente la Ley de Dios, matándome, porque no me Conformara a vivir sin mi Ygor, que había muerto en el campo de batalla. Pues bien, yo debía ahora reparar mi falta, probándome a mí misma mi arrepentimiento por aquel acto cometido, resignándome a vivir sin Ygor después de haberlo amado nuevamente, en la próxima existencia. Jesús me daría amparo y consuelo para que saliese victoriosa de ese terrible testimonio.
Presentada mi petición a los asistentes que me servían, fue aprobada y
Considerada correcta, coherente con la Ley Suprema. Entonces, me mostraron a Ygor por primera vez, después de muchos años, después que el cayera en el campo de batalla. Él ya había vuelto a la Tierra en renovada existencia y contaba dos años de edad. Lo vi jugando en la terraza de la mansión de sus padres, bajo los cuidados de una institutriz. Era de familia noble y ahora se llamaba Ruperto van Gallembek.
Inmediatamente reconocí a mi amado Ygor Fiodorovitch, a pesar de la diferencia de indumentaria carnal humana. Sentí revivir en mi alma la antigua llama del amor que le consagrara antes, y mi alegría fue inmensa al reconocer que nuestro amor no se había extinguido, antes sería revivido por una ventura más sublime de lo que fuera antaño.
–No te olvides, amada Carla, de que te separarás de él en la próxima existencia terrena. Tu testimonio implica la necesidad de la resignación ante la ausencia de él en tu vida –me advirtieron a tiempo mis asistentes.
Estuve en pleno acuerdo con la necesidad que se imponía y comencé, entonces, a prepararme para la gran jornada de la expiatoria reencarnación, llena de deseos de liberar a mi conciencia de la vergüenza del suicidio, acto propio de caracteres débiles e inconsecuentes.


Pero yo, no había liberado mi conciencia de las vibraciones mentales del peso de haber deformado y matado mi cuerpo, tan bello y joven, destrozándolo con la caída del tercer piso. A veces me sentía deformada, tal y como quedó el cuerpo, inválida, los huesos fracturados. Y sabía que ese peligroso complejo podía influir poderosamente en mi futura condición física en la Tierra. Era el reflejo del suicidio, que, posiblemente, me acompañaría en la reencarnación y tal vez causase la separación entre Ygor y yo, para que el testimonio fuese completo. Pero, nada temí. Es tan dolorosa la angustia del remordimiento en la vida de Ultratumba que nosotros, los culpables, nos sujetaríamos a todo con tal de liberarnos de ella. Me volví hacia Dios, me instruí en las recomendaciones de los Evangelios, que son las voces del Cielo, y, pasado algún tiempo renací en Kazan y me llamé Carla Alexeievna. Lo que fue mi vida y el testimonio que di a la Ley de Dios, infringida por mí en otra época, con el suicidio, tú lo sabes. Hoy me siento redimida de aquel pecado. Y ahí está, mi querido Alex, la explicación que deseabas sobre la causa de aquella invalidez Que te incomodaba. ¡Ella fue mi redención!” Seguía la firma patente de Carla Alexeievna.
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Cada conciencia es una creación de Dios, y cada existencia es un eslabón sagrado en la corriente de la vida en que Dios palpita y se manifiesta.